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Esto ocurría hacia el año 1835, cuando Tammahamaha III, el actual rey, era un muchacho. Con real arbitrariedad, reivindicó la propiedad exclusiva del ganado, pues le encantaba la idea de recibir uno de cada dos dólares de plata que se pagaran por las pieles; así fue como, sin pensar en el futuro, el exterminio se llevó a cabo con absoluta insensatez. En tres años se mataron dieciocho mil cabezas, casi exclusivamente en la isla de Hawai.

Con las manadas a punto de extinción, el sagaz y joven príncipe impuso un riguroso tabú sobre las pocas cabezas restantes, cuya vigencia debe alcanzar los diez años. Durante este período —que aún no ha expirado— quedó prohibida la caza que no estuviera directamente autorizada por el rey.

La masacre del ganado bovino se extendió a las infortunadas cabras. En un año, tres mil pieles caprinas se vendieron a mercaderes de Honolulú al precio de una quartilia, es decir, un chelín, cada una.

Tras esta digresión, es el momento de correr en pos de Tonoi y el yanqui.



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