Omu
Omu La canoa tenÃa al menos cuarenta pies de longitud, por unos dos de ancho y cuatro de profundidad. La parte superior —hecha de tablas estrechas unidas con cuerdas de sinnate— en muchos puntos habÃa caÃdo al suelo, donde se pudrÃa. Pero aun asà habÃa bastante lugar para dormir, y saltamos dentro, el doctor a proa y yo a popa. Me dormà de inmediato, y me desperté de pronto, con todo el cuerpo apretujado en una posición incómoda: pensé por un instante que debÃa de haber estado prematuramente metido dentro de mi ataúd.
Llamé a Fantasma Largo y le pregunté cómo le habÃa ido a él.
—Bastante mal —respondió, mientras se removÃa entre la extraña colección de residuos que habÃa en el fondo de nuestra yacija—. ¡Puf! ¡Cómo huelen estas esteras!
Aunque él continuó hablando, excitado, durante un rato, no le respondÃ, porque me estaba ocupando de ciertas actividades matemáticas a fin de conciliar el sueño. Pero las tablas de multiplicación no me sirvieron de mucho, por lo que evoqué la imagen grisácea de un caos en estado de fluidez escurridiza y, precisamente, estaba cayendo en un sueñecito, cuando oà un zumbido solitario y nÃtido. La hora del desastre habÃa llegado para mÃ. Otra vez el zumbido afinado, y el insecto se precipitó dentro de la canoa como un pequeño pez espada, y yo salté fuera.