Omu

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Allí, al aire libre, para mi sorpresa, estaba Fantasma Largo, abanicándose espasmódicamente con un viejo canalete. Acababa de huir en silencio de una bandada que había atacado su extremo de la canoa.

Surgió la propuesta de probar en el agua, y rápidamente botamos una pequeña barca de pesca varada muy cerca; remamos hasta una distancia considerable, y soltamos el artefacto nativo equivalente a un ancla, o sea, una piedra pesada atada con un cabo de cortezas trenzadas. En este punto de la isla el arrecife que la circundaba estaba cerca de la playa, de modo que el agua de la ensenada interior estaba en calma y la profundidad era muy escasa.

¡Bendita idea! No nos enteramos de nada hasta el amanecer, cuando el movimiento de nuestra cama acuática nos despertó. Miré hacia arriba y allí estaba Zeke, caminando hacia la playa y remolcándonos con la cuerda de corteza. Señaló el arrecife y nos dijo que de buena nos habíamos librado.

Era verdad: los duendecillos del agua aflojaron el nudo que sujetaba la piedra, y quedamos flotando a la deriva.


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