Omu

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Se aproximaba la noche, y nos ocupamos de cargar a nuestros porteadores. Las reses eran tan pequeñas que un nativo robusto podía llevar un cuarto entero a través de la espesura, y sortear las rocas sin esfuerzo aparente, aunque, a decir verdad, ninguno de nosotros, los blancos, podría haber hecho lo mismo con facilidad. En cuanto a los cerdos salvajes, fue imposible convencer a algún isleño para que llevara el cobrado por Corto, porque su color negro lo relacionaba con una superstición insuperable. Por lo tanto, tuvimos que abandonarlo. Al otro, de piel manchada, lo ataron con sarmientos verdes a un palo que dos jóvenes nativos se echaron al hombro.

Los que iban cargados con las piezas abrieron la marcha, y así iniciamos el descenso hacia el valle. A mitad de camino, la oscuridad nos sorprendió en el bosque, y hubo que recurrir a las antorchas. Nos detuvimos, las hicimos con ramas secas de palmera, y después, con dos muchachos por delante encargados de conseguir lo necesario para mantener las teas encendidas, continuamos el camino.

Era una escena selvática. Las antorchas agitadas en la vanguardia relucían entre las ramas del bosque; cuando el terreno lo permitía, los isleños avanzaban a trote ligero, a pesar de ir agobiados por su carga. Sus espaldas desnudas estaban manchadas de sangre, y de cuando en cuando, al chocar entre sí, los gritos de dolor rompían la quietud de las montañas.


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