Omu
Omu EL BANQUETE DE LA CACERÍA, Y UNA VISITA A AFREHITÚ
¡Dos vacas y un cerdo! No eran malos trofeos para nuestro día de caza. Así marchamos, a la luz de las antorchas, hacia la huerta; el cerdo salvaje se balanceaba colgado del palo, y el doctor iba cantando una vieja canción de montería —Tally-ho! —, cuyo coro se imponía a los gritos de los nativos.
Decidimos celebrar aquello. Encendimos una gran hoguera delante de la casa, colgamos un cuarto de la vaquilla de una rama de la higuera bengalí y cada uno se cortó y asó el pedazo que quería. Hubo cestas de fruto del pan asado y una buena cantidad de pudín de taro, racimos de plátanos y cocos tiernos, todo ello traído por los nativos a nuestro regreso.
El fuego, que ardía con vivacidad y mantenía a raya a los mosquitos, ponía en la cara de cada uno de los hombres el brillo de un vaso de oporto. La carne tenía el genuino sabor de la caza, al que no le iba en zaga nuestro notable apetito, y circularon libremente un par de botellas de brandy blanco, que Zeke trajo de su despensa secreta.
