Omu
Omu El buen humor de mi larguirucho compañero fue inagotable. Después de contar sus historias, de cantar sus canciones, se puso en pie, cogió por la cintura a una jovencita de las del bosque, y bailó sobre la hierba con ella. Pero no se pueden enumerar todas las bromas que hizo esa noche. Los nativos, a quienes encantan los bromistas, le aplicaron enfáticamente el título de maitai.
Era bien pasada la medianoche cuando se disolvió la reunión; sin embargo, cuando todos los demás se habían retirado, con el espíritu ahorrativo de un verdadero yanqui, Zeke se ocupó de salar la carne que había sobrado.
El día siguiente era domingo, y a petición mía, Corto me acompañó a Afrehitú, una bahía cercana en la que había una misión, casi directamente frente a Papeete. En Afrehitú hay una gran iglesia y una escuela, ambas bastante deterioradas; sobre una loma, entre matas de arbustos, se alza una casa de muy buen gusto, con una vista de todo el canal. Al pasar, entreví una bonita falda de calicó que desaparecía de la galería por una puerta. Era la vivienda del misionero.
Un bote de vela, pequeño y elegante, bailoteaba en torno a la amarra, a pocas yardas de la playa.
Dispersas en las tierras bajas de la vecindad, había varias cabañas nativas, bastante descuidadas pero mucho mejores, en todo sentido, que la mayoría de las de Tahití.