Omu
Omu Asistimos al servicio en la iglesia, al que había acudido una pequeña congregación; después de lo visto en Papeete, allí no hubo nada interesante. Pero la feligresía ostentaba un aire curioso, inquieto, que no supe a qué atribuir, hasta que descubrimos que el sermón se basaba en el octavo mandamiento.
Al parecer, en el distrito vivía un inglés que, como nuestros amigos los labradores, cultivaba boniatos de Tumbes para el mercado de Papeete.
A pesar de todas las precauciones del inglés, los nativos tenían la costumbre de hacer incursiones nocturnas a su vallado, para robar boniatos. Una noche, disparó con una escopeta de perdigones, cargada con pimienta y sal, contra unas sombras que descubrió mientras se escabullían de su propiedad. Las sombras huyeron. Pero no fue más que un poco de sal y pimienta: los pícaros volvieron a robar con más entusiasmo que nunca, y a la noche siguiente sorprendió a una panda en el momento en que asaban una cesta de boniatos en el cobertizo en que él se preparaba las comidas. Por fin, se decidió a presentar sus quejas al misionero, quien, por el bien de su congregación, preparó el sermón que nosotros oímos.