Omu
Omu LOS BONIATOS
Dormitábamos en nuestra canoa a la mañana siguiente, hacia el amanecer, cuando nos despertó Zeke, llamándonos a voces desde la costa.
Remamos hacia la playa, y allí nos dijo que por la noche había llegado una canoa de Papeete; le traía un pedido de sus boniatos, para un barco amarrado en el puerto, y como tenían que estar a bordo de la nave a mediodía, quería que le ayudáramos a llevar la mercancía hasta su bote de vela.
Mi larguirucho compañero era uno de esos que, porque siempre se equivocan de pie en la mayoría de las ocasiones cuando se levantan, o porque ejecutan algún otro movimiento malhadado con las extremidades, están más o menos enfurruñados o sombríos antes del desayuno. Por lo tanto, fue en vano que el yanqui se lamentase de que la urgencia del asunto le obligara a llamarnos tan temprano: así sólo aumentó el aire de pesadumbre del doctor, que no respondió ni una palabra.
Al fin, con el objeto de despertar un poco de entusiasmo para el trance, con mucho brío el yanqui exclamó:
—¿Qué me decís entonces, muchachos, nos ponemos manos a la obra?
