Omu
Omu LO OCURRIDO EN HANNAMANU
Al otro lado de la isla se abría la amplia y poblada bahía de Hannamanu, donde aún era posible reclutar a los hombres que buscábamos. Pero el sol se ponía cuando llegó el barco, de modo que viramos y nos quedamos en alta mar. Al romper el día zarpamos hacia tierra y, cuando el sol ya estaba alto, entramos en el largo y estrecho canal que separa las islas de La Dominica y Santa Cristina.
A un lado había una muralla de abruptos barrancos verdes, de centenares de pies de altura, en los que, aquí y allá, las blancas cabañas de los nativos parecían nidos de pájaros en hondas grietas que estallaban en verdor. Al otro lado del agua, la tierra se extendía en colinas brillantes, tan acogedora y ondulada que casi parecía palpitar a la luz del sol. Seguimos avanzando, más allá de barrancos y bosquecillos, más allá del canal y el valle rodeados de árboles, de las hondonadas oscuras que, a lo lejos, iluminaban rugientes cascadas. Una fresca brisa soplaba desde tierra e hinchaba nuestras velas, las aguas del canal estaban tan tranquilas como las de un lago, y todas las ondas azules rompían con un cascabeleo contra nuestra proa de cobre.
