Omu
Omu UNA CENA EN IMEEO
En la mitad misma del gozoso, apacible atardecer, nos llamaron a cenar, bajo un verde cobertizo de ramas de palmera, abierto en todo su perímetro y con los extremos de los aleros tan bajos que teníamos que inclinarnos para entrar.
Dentro, el suelo estaba cubierto de helechos aromáticos —llamados nahi— recién cortados que, al ser pisados, exhalaban el más dulce de los olores. A un lado había una fila de esteras amarillas, en las que se entrelazaban fibras de corteza teñidas de un rojo brillante. Nos sentamos a la turca; fuera, ante nuestros ojos, por encima de la costa verde, se extendía el suave, azul e interminable Pacífico. Ya habíamos rodeado buena parte de la isla y desde allí no se veía Tahití.
