Omu
Omu Era un espectáculo curioso. Todo el mundo sabe que, cuando hay oportunidad, no existe lazo de simpatÃa y de aceptación más fuerte que el que se establece entre dos que se emborrachan juntos. ¡Con qué enternecedor empeño, ay, un par de sujetos, ocupados en esa tarea, se entregará a arrojar luz sobre sus ideas mÃsticas y a explicarlas!
Reparemos en Varvy y el doctor; echaban sus tragos entre ternezas, rebosantes del deseo de conocerse mejor: el doctor hacÃa esfuerzos gentiles por mantener la conversación en el lenguaje de su acompañante, y el viejo ermitaño insistÃa en tratar de hablar en inglés. El resultado fue que, entre los dos, compusieron tal fricasé de vocales y consonantes que bastaba para volver loco a cualquiera.
A la mañana siguiente, al despertar, oà una voz de ultratumba. Era el doctor, que solemnemente se declaraba hombre muerto. Estaba sentado, con las dos manos enlazadas sobre la frente, y la cara pálida estaba cien veces más pálida que nunca.
—¡Ese brebaje infernal me ha matado! —exclamó—. ¡Cielos! En mi cabeza no hay más que ruedas y resortes, como en la del autómata que juega al ajedrez. ¿Qué se puede hacer, Paul? Estoy envenenado.