Omu

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Arfretí, la mujer de Po-Po, tenía alma de madre. Terminada la comida, recomendó que echáramos un sueño; cuando nos despertamos, muy descansados, nos llevó hasta una puerta, y señaló hacia unos árboles, entre los que vimos el brillo del agua. Comprendimos la insinuación; fuimos hasta el lugar, donde había un estanque hondo y sombreado en el que nos bañamos; después, regresamos a la casa. Nuestra anfitriona se sentó a nuestro lado; miró con gran interés el manto del doctor, y palpó mis sucias y raídas ropas cien veces, antes de exclamar:

Ah, nui nui oli mani! Oli mani! (¡Ay, son muy, muy viejas! ¡Muy viejas!)

Al dirigirse así a nosotros, la buena de Arfretí pensaba que nos hablaba en un muy respetable inglés. La palabra nui es tan familiar para los extranjeros en Polinesia, y tan a menudo la usan en su relación con los nativos que estos últimos suponen que es común a toda la humanidad. Oli mani es la pronunciación nativa de old man (hombre viejo), que los nativos de las Islas Sociedad de habla sajona aplican indiscriminadamente tanto a las cosas como a las personas viejas.



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