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CAPÍTULO LXXVI

CALABAZAS EN LA ISLA - VISITAMOS EL BARCO

 

Cuando regresamos a la casa, revelamos a Po-Po lo que nos llevaba a visitar Talú, y le rogamos que nos aconsejara como amigo. En su inglés chapurreado, nos dio alegremente toda la información que necesitábamos.

Era cierto —dijo— que la reina tenía cierta idea de resistirse a los franceses, y también se contaba en esos días que varios jefes de Bora Bora, Huahine, Raiatea y Tahaa —las islas de sotavento— estaban celebrando un consejo con ella, para determinar si sería eficaz organizar un movimiento general en todo el archipiélago, anticipándose a futuros abusos de los invasores. Si realmente se tomaban medidas bélicas, sin duda Pomarea querría alistar a todos los extranjeros que encontrara, pero lo de nombrarnos oficiales al doctor o a mí era imposible, porque ya muchos europeos, a los que ella conocía bien, se habían presentado como voluntarios para esos menesteres. En cuanto a que tuviésemos inmediato acceso a la reina, Po-Po nos dijo que era bastante difícil; por entonces vivía retirada, tenía mala salud, su ánimo era flojo, y no se mostraba propensa a las visitas. Sin embargo, antes de sus desdichas, a nadie, por humilde que fuera, le había negado el acceso a su presencia, e incluso los marineros acudían a sus recepciones.


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