Omu
Omu Nada descorazonados por estas cosas, decidimos matar el tiempo en Partoowye hasta que se produjera algún acontecimiento más favorable a nuestros proyectos. Ese mismo dÃa, pues, hicimos una excursión hasta el barco, que estaba anclado en un punto alejado de la bahÃa y aún no habÃamos visitado.
De camino, cuando pasábamos delante de un cobertizo largo y bajo, una voz nos saludó.
—¡Eh, hombres blancos!
Nos volvimos, y a quién Ãbamos a ver sino a un inglés de mejillas sonrosadas (se veÃa su nacionalidad a primera vista), con las rodillas cubiertas de las virutas de un banco que estaba cepillando. Resultó ser un carpintero que habÃa desertado de un barco, recién llegado de TahitÃ; estaba haciendo buen negocio en Imeeo fabricando armarios y otros objetos para las mansiones de los jefes ricos y, de vez en cuando, probaba la mano en alguna caja de bártulos femeninos. Llevaba sólo unos pocos meses instalado en el pueblo, y ya era dueño de casas y tierras.
Pero aunque tenÃa la bendición de la prosperidad y una buena salud, habÃa algo que le faltaba: una esposa. Cuando empezó a hablar de este tema, se inclinó sobre su cepillo con la cara ensombrecida.
—¡Qué duro es —suspiró— tener que esperar tres largos años, y que entre tanto mi querida Lulà viva en la misma casa que ese endiablado jefe de Tahaa!