Omu
Omu Se despertó nuestra curiosidad: de modo que el pobre carpintero se había enamorado de alguna isleña coqueta que le iba a dar calabazas.
Pero no se trataba de eso. Una ley prohibía, bajo penas graves, el matrimonio entre nativos y extranjeros, a menos que estos últimos, después de haber residido tres años en la isla, confirmaran la intención ya anunciada de pasar allí el resto de sus días.
Por lo tanto, William estaba en una triste situación. Nos dijo que podría haberse casado con la joven media docena de veces, de no haber sido por esa ley odiosa, pero últimamente ella se estaba mostrando menos cariñosa y más alocada, sobre todo con los forasteros de Tahaa. Desesperadamente herido, y deseoso de asegurarse su mano contra toda eventualidad, había propuesto a las amistades de la joven un buen arreglo como introducción al matrimonio, pero no habían querido escucharle; además, si se descubría a la pareja conviviendo en esas condiciones, serían pasibles de un castigo degradante: los mandarían a hacer muros de piedra y a construir caminos para la reina.
El doctor Fantasma Largo demostró su plena simpatía.
—Bill, querido amigo —dijo trémulo—, permítame que yo vaya a hablar con ella. —Pero Bill no aceptó la oferta y ni siquiera nos dijo dónde vivía su amada.