Omu
Omu Como dije antes, la hija de Po-Po se mostraba cruelmente reservada, y nunca se dignaba reparar en nosotros. Muchas veces me había dirigido a ella con cara de circunstancias, con el más profundo y distante de los respetos: en vano, ni siquiera alzaba su preciosa naricita color oliva. Está muy claro, pensaba yo; ella sabe muy bien que los marineros son unos tipos ordinarios, y no quiere nada con nosotros.
Pero no lo veía así mi compañero, que anhelaba caldear los fríos destellos de los ojos desapasionados de Lu.
Inició la campaña con admirable tacto: tras cautos acercamientos, se limitó a comerse con los ojos a la ninfa durante unos cinco minutos después de cada comida. Al cuarto día, hizo una pregunta a la niña; al quinto, a ella se le cayó un recipiente con crema, y él lo recogió y se lo dio; al sexto, él se sentó a menos de tres yardas del sillón en que ella descansaba; en la memorable mañana del séptimo, él abrió el fuego en toda regla.
La damisela estaba recostada sobre el tapiz de helechos; una mano sostenía su mejilla y la otra pasaba, con apatía, las hojas de una Biblia tahitiana. El doctor se acercó.