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Los maestros de prolongada práctica vivían en casas amplias, divididas con esteras de tappa en numerosos apartamentos pequeños, donde esperaban a los clientes en privado. Estos arreglos se fundaban sobre todo en un singular precepto del tabú, que prescribía la más estricta de las intimidades para todos los hombres, ricos o pobres, mientras estaban en manos de un tatuador. Durante ese lapso, estaba prohibida la menor relación con otros, y la mínima cantidad de comida que se permitía pasaba por debajo de la cortina empujada por una mano invisible. La restricción de los alimentos se debe a que es preciso reducir la sangre, para disminuir la inflamación que ocasionan las punzadas en la piel. Hecho el tatuaje, la inflamación se produce prontamente, y la curación lleva cierto tiempo, de modo que el período de aislamiento en general dura varios días y a veces varias semanas.

Una vez desaparecidas todas las huellas de malestar, el tatuado se marcha, pero para volver pronto porque, a causa del dolor, sólo se puede trabajar sobre una pequeña superficie cada vez, y como todo el cuerpo ha de estar más o menos engalanado con un proceso tan lento, los compartimientos aludidos siempre están ocupados. Y así es como, con una vanidad no conocida en ninguna otra parte, muchos pasan no pocos de sus días así instalados junto a un artista.


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