Omu

Omu

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Siempre fue dada a la ostentación. Durante varios años, el mantenimiento de un ejército de servidores fue agotando el tesoro real. Tenía a su servicio hombres vestidos con un uniforme de camisas de calicó y sombreros de cartón, armados con mosquetes de todas las formas y calibres, al mando de un gran jefe bullanguero, que se pavoneaba vestido con su chaqueta rojo carmesí. Estos héroes escoltaban a su señora cuando salía.

Hace un tiempo, la reina recibió de Victoria, su hermana inglesa, una diadema muy vistosa, aunque incómoda, una corona que quizá se encargó a algún hojalatero de Londres. Como no pensaba reservar aquella baratija tan llamativa sólo para los días de coronación, que son muy pocos, su majestad se la ponía cada vez que aparecía en público; para demostrar su familiaridad con las costumbres europeas, cortésmente permitía que la tocaran todos los extranjeros distinguidos —capitanes de balleneros y otros de la misma clase— con los que se cruzaba en su paseo vespertino por la Carretera de la Escoba.

En palacio, el anuncio de la llegada y la partida reales estaba a cargo del artillero de la corte, un viejo caballero gordo que, con prodigiosa prisa y sudores copiosos, disparaba descargas de perdigones, con toda la presteza que le permitía tener que cargar y disparar la misma arma.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker