Omu

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En estas circunstancias, la caza de ballenas era imposible, pero a la vista de todo aquello, Jermin sostenía que los enfermos pronto estarían en buenas condiciones. Por si esto sucedía, continuamos navegando sin desmayo hacia el oeste, con el mismo cielo azul pálido sobre nuestras cabezas. Aunque avanzábamos sin cesar, parecía que estábamos siempre en el mismo punto y que cada día era el anterior, vivido una vez más. No vimos barcos ni esperábamos verlos. No había más señal de vida que los delfines y otros peces jugueteando bajo la proa, como hacen los cachorros en tierra. Sin embargo, a intervalos, el albatros gris, típico de esos mares, llegaba batiendo sus enormes alas sobre nosotros, y de inmediato se alejaba, en silencioso vuelo rasante, como si el nuestro fuera un barco atacado por la peste. También nos sobrevolaban una y otra vez bandadas de aves tropicales, conocidas por los marineros como «contramaestres», que no dejaban de soltar chillidos estridentes al volar.

La incertidumbre que pesaba sobre nuestro destino en aquellos momentos y el hecho de que estábamos lejos, en aguas comparativamente poco navegadas, dio a esta parte del viaje un interés que jamás olvidaré.



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