Omu

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De pronto escuché pasos en la escalerilla, y al mirar hacia arriba vi la ancha pernera de un pantalón. De inmediato Bob el de la Armada, un robusto y viejo tritón, bajó con pasos furtivos, y se dirigió a rebuscar en el arcón algo para comer.

Terminada su cena, se dedicó a cargar su pipa. Pues bien, para disfrutar de una buena pipa en el mar, jamás hubo sitio más confortable que el castillo de proa del Julia a medianoche. Para recrearse en ese lujo, hay que caer en una especie de ensoñación sólo conocida por los amigos del tabaco. Y la propia atmósfera del lugar, llena de los ronquidos de los durmientes, inducía a ello. Nada de extraño tuvo, pues, que después de un rato la cabeza de Bob se le cayera sobre el pecho; también se le cayó la gorra, la pipa apagada se deslizó de sus labios, y al instante quedó tendido sobre un baúl, tan tranquilo como un chiquillo.

De pronto se oyó una orden en cubierta, seguida por el ruido de pisadas y los chirridos de los obenques al ser tensados. Se revisaron las vergas, y apenas algo después se echó en falta al durmiente; de inmediato se oyeron los susurros de una conferencia junto a la escotilla.



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