Omu
Omu Pero apenas unos instantes después el capitán hizo que me condujeran a su cámara.
Era un hombre bastante joven, pálido y delgado, con aspecto de dependiente enfermizo de una firma contable más que de rústico hombre de mar. Tras pedirme que me sentase, ordenó a su camarero que me sirviese un vaso de pisco1. En el estado en que me encontraba, el estimulante casi me llevó al delirio, por lo que de todo lo que le relaté acerca de mi permanencia en la isla apenas si recuerdo una palabra. Después de eso, se me preguntó si querÃa «alistarme», a lo que por supuesto contesté que sÃ, es decir, que sà si me permitÃa viajar con el compromiso de autorizarme a abandonar el barco, si asà lo deseaba yo, en el próximo puerto. De esta manera se alistan con frecuencia los balleneros en los Mares del Sur. Mi condición fue aceptada, y me presentaron el contrato del barco para que firmara.
Entonces bajó el maestre, y recibió el encargo de hacer de mà «un buen marino»; no se trataba, y hay que tenerlo presente, de que el capitán sintiera mucha compasión que digamos por mÃ: sólo deseaba aprovecharse de mis servicios lo más pronto posible.
