Omu

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Habíamos echado a un compañero a los tiburones, pero nadie lo había pensado, y cada uno se reintegró a sus tareas de inmediato. El muerto había sido en vida un grosero y un insocial, y nada apreciado, y ahora que no estaba se le dedicaba poca atención. No se habló más que de cómo se dispondría de su baúl, del que, como siempre había estado cerrado, se pensaba que contenía dinero. Alguien se ofreció a romper la cerradura y distribuir el contenido, ropas y demás, antes de que el capitán lo pidiera.

Mientras yo mismo y otros nos esforzábamos por disuadir a los demás, todos nos sobresaltamos al oír un grito en el castillo de proa. No había allí nadie más que dos enfermos, incapaces hasta de arrastrarse a cubierta. Bajamos y nos encontramos con uno de ellos moribundo sobre un baúl. Había caído de su hamaca en un ataque y estaba inconsciente. Tenía los ojos abiertos y fijos; su aliento iba y venía convulsivamente. Los hombres se apartaron de él, pero el doctor le cogió la mano, la sostuvo unos momentos en la suya y de pronto la soltó.

—¡Ha muerto! —exclamó.

De inmediato subieron el cuerpo por la escalerilla.


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