Typee
Typee A la mañana siguiente, a pesar de nuestra debilidad y la agonía del hambre que ahora padecíamos, aunque ninguno de los dos lo confesamos, proseguimos penosamente por el deprimente y aún difícil y riesgoso paso, estimulados por la esperanza de que pronto divisaríamos el anhelado valle; y al anochecer, el rugir de una catarata que por algún tiempo venía sonando como un grave y profundo bajo al compás de saltos más pequeños, irrumpió en nuestros oídos en tonos más vibrantes y confirmándonos su proximidad.
Esa noche llegamos al borde de un precipicio, sobre el cual la negra corriente saltaba en una caída final de trescientos pies. La caída vertical terminaba en la región que tanto habíamos procurado. A cada lado del salto, dos elevados picos perpendiculares reforzaban los lados del enorme peñasco y se proyectaban hacia el mar de follaje que ondulaba en el valle, y una serie de iguales prominencias formaban un semicírculo a un extremo del valle. Un grueso arco de árboles colgaba del mismo borde de la cascada, permitiendo el paso de las aguas a través de una abertura abovedada, lo cual imponía un raro y pintoresco toque a la escena.