Typee

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En realidad mis paseos eran limitados. En dirección al mar, no podía ir por prohibición expresa de los salvajes; y luego de dos o tres intentos infructuosos por llegar a él, sólo para satisfacer mi curiosidad, abandoné la idea. Era en vano pensar llegar allí inadvertido, pues los nativos me escoltaban a todos lados y, que yo recuerde, no me dejaron solo ni un instante.

Las verdes y abruptas elevaciones que corrían a lo largo de la parte alta del valle, donde estaba la casa de Marheyo, excluía toda esperanza de fuga por esa zona, aunque hubiera podido escapar de los miles de ojos que me miraban.

Pero estas reflexiones rara vez ocuparon mi mente; me abandonaba al paso de las horas y, si alguna vez me embargaban pensamientos desagradables, los desechaba rápidamente. Cuando admiraba el verde recinto en que me hallaba prisionero, me inclinaba a pensar que estaba en un "valle de ensueños" y que más allá de las montañas sólo había un mundo de ansiedad y preocupaciones.

Al ampliar mis paseos por el valle y familiarizarme con las costumbres de sus habitantes, confieso que, a pesar de las condiciones desventajosas, el salvaje polinesio, rodeado de toda la prolijidad de la naturaleza, disfruta de una existencia infinitamente más feliz que la del autocomplaciente hombre europeo.


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