Typee

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Al día siguiente de la emancipación de Feyawey hicimos un delicioso almuerzo en el lago: la ninfa, Kori-Kori y yo. Mi fiel sirviente trajo de la casa un pote de poi-poi, media docena de cocos, tres pipas y tres ñames y a mí sobre su espalda gran parte del camino. Buena carga, pero Kori-Kori era un hombre fortísimo para su tamaño y de ningún modo perezoso. Pasamos un día magnífico: mi cuidador tomó el remo y nos llevó suavemente a lo largo de la orilla, bajo la sombra de las ramas colgantes. Feyawey y yo nos acostamos en la popa de la canoa, en el mejor sentido del acto, y la delicada ninfa fumaba ocasionalmente de la pipa y exhalaba el suave aroma del tabaco, al cual ella añadía el perfume de su aliento. Extraño como pueda parecer, no hay nada que realce más la belleza de una mujer que el acto de fumar. ¡Cuán cautivadora resulta una dama peruana, balanceándose en su hamaca de hierba tejida, extendida entre dos naranjos, inhalando la fragancia de un buen habano! Pero Feyawey, sosteniendo en su delicada mano olivácea la caña amarilla de su pipa, con sus figuras talladas dejando escapar lánguidamente a cada instante por la boca y la nariz ligeras nubecillas de humo resultaba aún más atractiva.





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