Typee
Typee Aún estábamos a cierta distancia de la playa y a lenta marcha, al pasar entre estas ninfas flotantes, nos abordaron por todos lados: unas se asieron a los eslabones de la cadena del ancla otras, a expensas de ser arrolladas por la nave, se colgaron de los barbiquejos del bauprés y enrollando sus gráciles figuras en las sogas, quedaron suspendidas en el aire. Al final todas lograron subir por la borda, donde se apoyaron drenando agua salada, brillando por el baño, sus negrísimos cabellos caían sobre los hombros, entrecubriendo las partes desnudas. Ahí estaban, reluciendo salvaje vivacidad, riendo felizmente entre sí, conversando con infinito regocijo. Lejos de toda pereza, se ayudaron mutuamente en el sencillo arte de retocar su belleza. Sus lujuriantes mechones, enrollados hacia arriba y torcidos hasta su mínima expresión, se despojaron del elemento salobre, se enjugaron cuidadosamente todo el cuerpo y, de una conchita redonda que pasaba de mano en mano, se aplicaron una aromática unción. Sus retoques terminaron al pasarse algunas telas sueltas de tapa` blanca, muy ceñida en la breve cintura, alrededor de las caderas. Así ataviadas no dudaron más, abandonaron la borda y juguetearon por todo el barco. Muchas fueron a proa, y se encaramaron en la barandilla o corrieron al bauprés, mientras que otras se sentaron en el coronamiento o se acostaron en los botes. ¡Qué paisajes para nosotros, célibes marineros! ¿Cómo evadir tamaña tentación? ¿Quién podría pensar en lanzar al mar a estas cándidas criaturas cuando habían nadado millas sólo para recibirnos?