Typee
Typee Un día vi a Marheyo merodeando a mi alrededor en inusitada actividad y en tal grado que casi superaba a Kori-Kori en sus funciones. Se ofreció para llevarme a horcajadas al arroyo y cuando me negué, continuó dando vueltas cerca de mí como un viejo perro casero sin amilanarse por mi negativa. No podía suponer de ningún modo qué deseaba el anciano, hasta que de repente, aprovechando la ausencia temporal de la familia, inició una sarta de gestos señalando a mis pies y a un bultico que colgaba de la viga del techo. Al fin tuve una vaga idea de lo quería decirme y le indiqué que bajara el paquete. Cumplió la orden en un instante y desenrollando la pieza de tapa, descubrió ante mis ojos los mismos zapatos que yo creía destrozados.
De inmediato comprendí sus deseos y generosamente le obsequié los zapatos, que ya estaban muy enmohecidos, sin saber para qué diablos los quería.
Aquella misma tarde vi al venerable guerrero acercarse a la casa con paso lento y majestuoso llevando sus pendientes en las orejas, su lanza en la mano y el par de zapatos muy ornamentales colgados del cuello por una tira de corteza oscilando de un lado a otro de su ancho pecho. En el traje de gala del elegante Marheyo, estos pendientes de piel fueron desde entonces el rasgo más sobresaliente.