Infiltrada
Infiltrada Bárbara llegó al punto de quiebre. Cada pista que desentrañaba la arrastraba más profundamente hacia un caos que no podÃa controlar. Su fachada como profesora comenzaba a agrietarse, y las miradas en los pasillos no eran de curiosidad, sino de algo más oscuro: reconocimiento. Alguien sabÃa quién era realmente, y ese alguien no planeaba permitir que saliera de la facultad con vida. Una noche, mientras revisaba los archivos del proyecto en su pequeño apartamento, la puerta se abrió de golpe. Era Malcom, su rostro una mezcla de furia y preocupación. —¡Te dije que salieras de aquÃ! —gritó, cerrando la puerta detrás de él. —Y te dije que no iba a abandonar esto —respondió Bárbara, levantándose para enfrentarlo. —Bárbara, esto ya no es solo sobre Hanna. Tú eres el blanco ahora. Ella respiró hondo, sosteniendo su mirada. —Entonces es personal. Antes de que pudiera decir algo más, Malcom arrojó sobre la mesa un sobre. Dentro habÃa fotos: imágenes de Bárbara entrando y saliendo de la facultad, conversaciones con Susan y otras reuniones aparentemente inofensivas. Pero el mensaje era claro. —Te están siguiendo. Esto no es un aviso, es una sentencia —dijo Malcom, su voz más baja pero cargada de gravedad. Bárbara apretó los puños, la ira encendiéndose en su pecho. —Entonces no puedo detenerme ahora. Esa misma noche, decidió enfrentar sus miedos. Regresó al campus, esta vez dispuesta a revisar el laboratorio donde, según los archivos, habÃan llevado a cabo los experimentos más oscuros del Proyecto Veritas. Era un lugar apartado, casi abandonado, que olÃa a polvo y humedad. Pero al entrar, se dio cuenta de que no estaba sola. Un ruido detrás de ella la hizo girar. Allà estaba Grayson, su rostro duro bajo la luz tenue. —Te advertà que no siguieras —dijo, su voz resonando como una sentencia. —Y tú sabÃas exactamente lo que hicieron aquà —replicó Bárbara, su voz firme, pero con el pulso acelerado. Grayson dio un paso hacia ella, sus ojos reflejando algo entre miedo y furia. —Todo lo que hicimos fue por un bien mayor. Hanna no entendÃa eso. QuerÃa exponernos a todos. —¡Asà que la mataste! —Bárbara dio un paso adelante, encarando al hombre. —No tenÃa elección. Ella... ella sabÃa demasiado. El aire en la sala se volvió pesado. Bárbara no tuvo tiempo de reaccionar antes de que Grayson sacara un cuchillo de su abrigo. —Y tú también sabes demasiado. En ese momento, un disparo resonó, y Grayson cayó al suelo con un grito. En la entrada, Malcom sostenÃa su arma, su rostro rÃgido como una máscara. —¿Siempre tienes que complicarlo todo? —dijo, acercándose a Bárbara, quien estaba congelada. Grayson seguÃa vivo, pero herido. —Se acabó —dijo Malcom, apuntándolo nuevamente—. Si tienes algo más que decir, hazlo ahora. Con la sangre goteando de su costado, Grayson murmuró una última confesión. —No fui yo quien empezó esto... Hay otros... Antes de que pudiera decir más, su cuerpo se relajó y quedó en silencio. Bárbara sintió un nudo en el estómago. El hombre que habÃa estado acechándola estaba muerto, pero las palabras de Grayson revelaban algo peor: esto era solo una parte de algo más grande. Malcom la tomó por los hombros. —Tenemos que irnos. Ahora. Bárbara asintió, pero mientras abandonaban el laboratorio, no podÃa dejar de pensar en lo que Grayson habÃa dicho. HabÃa otros, y su red de secretos aún seguÃa viva.
