Infiltrada
Infiltrada El campus estaba vacĂo, envuelto en la penumbra de la noche. Bárbara y Malcom avanzaban con cautela hacia la sala de archivos centrales, el corazĂłn de la facultad, donde las respuestas finales parecĂan aguardarlos. El eco de sus pasos resonaba en los pasillos, como si la misma facultad estuviera conteniendo la respiraciĂłn. —¿Estás segura de esto? —susurrĂł Malcom, su pistola lista mientras barrĂa la oscuridad con la mirada. —No hay vuelta atrás —respondiĂł Bárbara, su voz tensa pero decidida—. Si lo dejamos ahora, Hanna muriĂł en vano. La sala de archivos estaba protegida por un sistema de seguridad avanzado, pero Malcom trabajĂł rápido con un dispositivo que habĂa traĂdo del FBI. Mientras Ă©l hackeaba el sistema, Bárbara se mantuvo alerta. Cada sombra en el pasillo parecĂa moverse, cada sonido un posible ataque. Cuando finalmente accedieron, el lugar estaba sumido en un silencio sepulcral. Las estanterĂas metálicas se alzaban como torres, y los cajones de archivo parecĂan contener años de secretos oscuros. Bárbara comenzĂł a buscar frenĂ©ticamente, sus manos pasando por carpetas etiquetadas con nombres de proyectos que desconocĂa. —AquĂ está... —susurrĂł, sacando un documento con el encabezado Veritas – Confidencial. Las hojas detallaban experimentos psicolĂłgicos extremos realizados en estudiantes, algunos de los cuales habĂan desaparecido misteriosamente. Las pruebas buscaban manipular el comportamiento humano bajo condiciones extremas, utilizando el miedo como catalizador. Pero lo más perturbador era el Ăşltimo párrafo: “Sujetos descartados: procedimientos eliminatorios exitosos.” —Esto no era un experimento. Era un campo de exterminio. —La voz de Bárbara se quebrĂł mientras le mostraba las páginas a Malcom. Antes de que pudieran procesar el horror de lo que habĂan descubierto, las luces de la sala se apagaron de golpe. Un clic metálico resonĂł, y la puerta se cerrĂł detrás de ellos. Bárbara sintiĂł el sudor frĂo en su espalda mientras Malcom levantaba su arma, sus ojos buscando un movimiento en la oscuridad. —Salgan de ahĂ ahora mismo —ordenĂł una voz distorsionada a travĂ©s de un altavoz, llenando la sala con un tono helado—. No tienen idea de en lo que se están metiendo. Bárbara se acercĂł al altavoz, su rabia desbordándose. —Sabemos exactamente lo que hicieron. Y no vamos a parar hasta que el mundo lo sepa. La respuesta fue un sonido ominoso: pasos acercándose. Entonces, un grupo de hombres armados irrumpiĂł en la sala, sus armas apuntando directamente a ellos. Malcom reaccionĂł primero, derribando la mesa más cercana para cubrirse y disparando hacia el techo, creando una distracciĂłn. —¡Corre, Bárbara! —gritĂł mientras devolvĂa el fuego. Pero Bárbara no podĂa dejar los documentos. Los guardĂł en su bolso y se lanzĂł hacia una estanterĂa cercana, buscando una salida alternativa. Los disparos llenaban el aire, el sonido ensordecedor mezclándose con sus respiraciones aceleradas. Malcom logrĂł derribar a uno de los atacantes y corriĂł hacia Bárbara, tomándola por la muñeca. —¡Por aquĂ! —gruñó, llevándola hacia un ducto de ventilaciĂłn abierto en la pared. Se arrastraron por el estrecho espacio, el metal resonando bajo sus movimientos. Los atacantes seguĂan disparando, pero la distancia entre ellos crecĂa. Finalmente, salieron al exterior del edificio, donde el aire fresco de la noche golpeĂł sus rostros. —Tenemos que salir del campus. Ya no estamos seguros aquà —dijo Malcom, ayudándola a levantarse. Mientras corrĂan hacia el estacionamiento, Bárbara no podĂa dejar de pensar en los documentos que ahora llevaba consigo. El Proyecto Veritas no solo habĂa costado vidas; habĂa creado un sistema de manipulaciĂłn y muerte que seguĂa activo. —Esto no ha terminado —dijo, su mirada fija en la oscuridad frente a ellos. Malcom asintiĂł, su rostro endurecido. —No. Pero ahora tenemos lo que necesitamos para pelear. El filo del destino los habĂa llevado al lĂmite, pero Bárbara sabĂa que la verdadera batalla apenas comenzaba.
