Carmen

Carmen

En cuanto a mí, me tumbé de nuevo en el banco, pero no me volví a dormir. Me preguntaba si había obrado bien al salvar de la horca a un ladrón, y tal vez homicida, sólo porque había comido con él jamón y arroz a la valenciana. ¿No había traicionado a mi guía que defendía la causa de las leyes? ¿no lo había expuesto a la venganza de un malvado? ¡Pero los deberes de la hospitalidad!… Prejuicio de salvaje, decía para mis adentros; tendré que responder de todos los crímenes que el bandido va a cometer… Sin embargo, ¿es un prejuicio ese instinto de la conciencia que se resiste a todos los razonamientos? Quizá, en la delicada situación en que me encontraba, no podía salir de ella sin remordimientos. Me debatía aún en la mayor incertidumbre respecto a la moralidad de mi acción, cuando vi aparecer media docena de jinetes con Antonio que, prudentemente, se mantenía en la retaguardia. Fui hacia ellos y les advertí que el bandolero había huido hacía más de dos horas. La vieja, interrogada por el cabo, respondió que conocía al Navarro, pero que, como vivía sola, jamás se habría atrevido a arriesgar su vida denunciándolo. Añadió que su costumbre, cuando venía a esta casa, era marcharse siempre a mitad de la noche. En cuanto a mí, tuve que ir a mostrar el pasaporte a algunas leguas de allí y a firmar una declaración ante un alcalde, tras lo cual se me permitió reanudar mis investigaciones arqueológicas. Antonio me guardaba rencor, al sospechar que era yo quien le había impedido ganar los doscientos ducados. Sin embargo, nos separamos en Córdoba como buenos amigos; allí, le di una gratificación tan grande como el estado de mis finanzas podía permitírmelo.


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