El dominico blanco
El dominico blanco —¡Ja, ja, ja! —rió el barón, con tanta fuerza, sinceridad e insistencia que se me contagió en la cama y tuve que morder un pañuelo para no delatar mi atención.
—¡En seguida pensé que era una tontería! —se disculpó el capellán.
—¡Oh —exclamó el barón, jadeando—, de ningún modo! La aseveración es cierta. ¡Ja, ja! ¡Espere un momento! Antes debo terminar de reír. Pues bien, sí: mi padre era un excéntrico como ya no habrá otro igual. Poseía unos conocimientos increíbles, y todo lo que puede ocurrirle a una mente lo pensó antes la suya. Un día me miró largo rato, cerró de golpe un grueso volumen que había estado leyendo, lo tiró al suelo (desde entonces no volvió a tener un libro en las manos) y me dijo:
»«Bartholomaus, hijo mío, acabo de comprender que todo es una insensatez. ¡El cerebro es la glándula más superflua que posee el hombre! Habría que extirparla, como las amígdalas. Me propongo iniciar una nueva vida a partir de hoy».
»A la mañana siguiente se mudó a un pequeño castillo en el campo que entonces poseíamos y pasó allí el resto de sus días; no regresó a casa hasta poco antes de su muerte, para morir en paz aquí, un piso por debajo del nuestro.