El rostro verde
El rostro verde Eva van Druysen retuvo un momento al viejo coleccionista de mariposas antes de seguir a los demás, que subÃan ya a la buhardilla de Klinkherbogk.
—Disculpe, señor Swammerdam, sólo querÃa hacerle una breve pregunta, aunque en realidad tendrÃa muchas cosas que preguntarle. Lo que acaba de decir acerca de la histeria y sobre la fuerza oculta de los nombres me ha emocionado hondamente, pero por otra parte…
—¿Me permite que le dé un consejo, señorita? —Swammerdam se paró y la miró a los ojos con gravedad—. Comprendo muy bien que lo que acaba de escuchar haya podido desconcertarla. No obstante puede sacarle gran provecho si lo toma como una primera lección y si no busca instrucciones espirituales en otros sino en sà misma. Sólo las enseñanzas que proceden de nuestro propio espÃritu llegan a buena hora, porque nos encuentran maduros para recibirlas. En cuanto a las revelaciones hechas a otros, debe mostrarse ciega y sorda. El sendero que conduce a la vida eterna es delgado como el filo de un cuchillo; ni podrá ayudar a otros cuando los vea titubear, ni tampoco esperar ayuda de ellos. El que mira a los demás pierde el equilibrio y cae en picado. Aquà no hay, como en el mundo, un avance colectivo; sin embargo es imprescindible tener un guÃa, pero éste debe surgir del reino del espÃritu. Únicamente en los asuntos terrestres podrá servirle de guÃa otro ser humano.