El rostro verde

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La fútil profecía de que al término de la guerra europea se produciría una oleada de emigrantes procedentes de las capas sociales más pobres y de las regiones más devastadas, se vio totalmente desmentida por la realidad. Los barcos disponibles para navegar hacia el Brasil y otras regiones famosas por su abundancia, eran ciertamente insuficientes para transportar la gran multitud de pasajeros de entrepuente, gentes que vivían del trabajo de sus manos, y aún así su número era relativamente reducido en comparación con el de los emigrantes de otras clases sociales: había un buen número de gente acomodada que estaba harta de soportar la presión del fisco patrio, que apretaba más y más las clavijas y estrujaba sus rentas (éstos eran los no idealistas), y además muchísimos intelectuales que con sus medios no veían ninguna posibilidad de proseguir la lucha por la simple supervivencia, puesto que ésta se había vuelto excesivamente costosa. Ya en el curso de los atroces años que precedieron a la guerra, las rentas de un deshollinador o de un carnicero superaban con mucho el sueldo de un catedrático. La humanidad de Europa había llegado al punto culminante donde la vieja maldición «ganarás el pan con el sudor de tu frente» debía entenderse al pie de la letra más bien que de manera simbólica; los que sudaban el cerebro se veían sumidos en la miseria y perecían por ausencia de metabolismo.


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