El rostro verde
El rostro verde —Desde luego, naturalmente.
—Entonces no le diga nada a ese de ahà fuera. Que siga creyendo que he sido yo. No quiero tener la culpa de que descubran al asesino. Ahora sé quién fue. Entre nosotros: fue un negro.
—¿Un negro? ¿Cómo lo sabe, de repente? —exclamó Sephardi perplejo y algo receloso.
—Es como sigue —explicó Eidotter con tranquilidad—: Cuando, tras haber estado unido a Elias como en un sueño no soñado, volvà parcialmente en mÃ, en la bodega, habÃa ocurrido algo entre tanto. Yo suelo creer que he presenciado las cosas, que he participado en ellas. Si alguien, por ejemplo, le ha pegado a un niño, creo que lo he hecho yo, y tengo que ir a consolarlo. Si alguien se olvida de darle de comer a su perro, creo que ha sido un olvido mÃo y voy a darle la comida. Y si luego, por casualidad, me entero de mi error, no tengo más que unirme un instante con Elias y volver enseguida para saber como sucedieron las cosas. Casi nunca lo hago, porque no tiene sentido, y además, cuando me separo de Elias me da la impresión de quedarme ciego. Pero como usted ha estado meditando durante tanto rato, lo he hecho, y he visto que era un negro el que mató a mi amigo Klinkherbogk.
—¿Cómo, cómo ha podido ver que era un negro?