El rostro verde
El rostro verde Soplo de descomposición en el aire. Días agonizantes con un calor de incubadora y noches brumosas. La hierba de los prados cubierta al amanecer de telas de araña como manchas blanquecinas de moho. Entre los terrones marrón-violeta, charcos de agua fría y oscura que han dejado de creer en el sol. Flores de color paja que carecen de fuerzas para erguir las cabezas hacia el cielo transparente. Titubeantes mariposas de alas rotas, descoloridas. En las alamedas de la ciudad, las crujientes hojas cuelgan de tallos mustios. Como una mujer ajada que no hallara colores lo suficientemente chillones para disimular su edad, la naturaleza comenzaba a acicalarse con los multicolores afeites del otoño.
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Hacía tiempo que el nombre de Eva van Druysen había sido olvidado en Amsterdam.
El barón Pfeill la dio por muerta, y Sephardi se vistió de luto. Únicamente en el corazón de Hauberrisser su imagen no podía morir.
Sin embargo, no hablaba de ella cuando venían a verlo sus amigos o el viejo Swammerdam. Se había vuelto taciturno y reservado, sólo conversaba con ellos sobre cosas indiferentes.
