El rostro verde
El rostro verde Ráfagas de viento barrieron el suelo como latigazos, peinando la hierba seca y arrancando los escasos matojos. Tras pocos minutos, todo el paisaje desapareció por el aire a causa de una gigantesca nube de polvo. Cuando volvió a emerger era apenas reconocible: los diques se habían convertido en espuma blanca y permanecían derribados en la tierra turbia, como troncos desmembrados. El huracán rugía con interrupciones cada vez más breves, pronto no se oyó más que un incesante bramido. A cada momento aumentaba su furia; el robusto álamo estaba doblado, formando un ángulo recto a pocos pies del suelo. Sin ramas, casi reducido a un tronco liso, se mantenía inmóvil en esa posición, oprimido por las masas aéreas que se desencadenaban por encima de él.
Sólo el manzano se mantenía quieto, como en un islote protegido de los vientos por una mano invisible, no se movía ni una sola de sus flores.
Vigas y piedras, escombros de casas, muros enteros, pasaban volando ante la ventana.
Entonces el cielo se tornó de un color gris claro y la oscuridad se disolvió en una luz fría y plateada.