El rostro verde
El rostro verde Se preguntó de dónde provenía esta vez. ¿Acaso de los emigrantes judíos que había visto, en virtud de una especie de contagio? «Debe ser la misma influencia inexplicable que hace recorrer el mundo a estos fanáticos religiosos y que a mí me ha expulsado de mi patria —intuyó. Únicamente son distintos nuestros motivos». Ya mucho antes de la guerra había experimentado esta sensación opresiva, pero antes aún le era posible dominarla, trabajando o distrayéndose. Solía interpretarla como la típica fiebre de los viajes, como un desvarío nervioso o como síntoma de un modo de vida equivocado. Más tarde, cuando la bandera de sangre comenzó a flotar sobre Europa, la interpretó como presagio de los acontecimientos. ¿Pero por qué seguía agravándose este malestar ahora que la guerra había terminado, día tras día, casi hasta la desesperación? Y no sólo en él, casi todas las personas con las que había hablado de ello decían sentir algo similar. Todos ellos se consolaban igual que él, pensando que al final de la contienda la paz volvería al corazón de cada uno. Pero lo que ocurrió fue exactamente lo contrario.