El rostro verde
El rostro verde —Aquà ve tres tapones, ¿verdad, señor? Pongo el primero en mi mano derecha, ahora el segundo, y cierro la mano. Bien. El tercero, lo meto —sonrió, sonrojándose— en mi bolsillo. Y entonces, ¿cuantos tengo en la mano?
—Dos.
—No, tres.
Era verdad.
—Este juego de manos se llama El Corcho Volante y sólo cuesta dos florines, señor.
—Bueno, enséñeme el truco, por favor.
—¿Puede pagarme primero, señor? Es la costumbre de esta casa.
El forastero le dio los dos florines y pudo ver la repetición del experimento, que se basaba en la pura habilidad manual. Percibió nuevamente los efluvios de la piel femenina, y se guardó en el bolsillo los tapones de corcho, lleno de admiración por la perspicacia comercial de la empresa de Chidher el Verde y completamente convencido de que nunca serÃa capaz de imitar el mágico juego.
—Aquà tiene tres anillos de hierro para cortinas, señor —recomenzaba la señorita—, pongo el primero… —su discurso se vio interrumpido por un fuerte jaleo de voces y estridentes silbidos que venÃa de la calle. En el mismo instante se abrió bruscamente la puerta, cerrándose inmediatamente con vehemencia.
