El rostro verde

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Capítulo IV

El barón Pfeill se dirigía hacia la estación central con la intención de tomar el tren de la tarde que lo llevaría a su casa de campo de Hilversum.

Había llegado ya al puerto, atravesando el barullo de los puestos y tiendas del mercado, cuando el ruido ensordecedor de cientos de campanas le indicó que eran la seis. No tendría tiempo de coger el tren.

Rápidamente decidió volver hacia el centro. Casi le aliviaba haber perdido el tren, puesto que así le quedaban un par de horas para arreglar un asunto que lo traía de cabeza desde que se despidió de Hauberrisser.

Se detuvo ante un maravilloso edificio de estilo barroco, con ladrillos rojos y tejas blancas, situado en la sombría alameda de la Heerengracht. Durante un instante se quedó mirando la inmensa ventana corredera que cubría casi toda la fachada del primer piso. Tiró de la maciza aldaba de bronce.

Transcurrió una eternidad; finalmente, un viejo lacayo en librea, medias blancas y calzones a media pierna de seda morada, acudió a abrirle.

—¿Está el doctor Sephardi en casa? Se acuerda de mí. ¿Verdad, Jan? Súbale esta tarjeta al señor y pregúntele si…

—El señor ya lo está esperando, Mynheer. Pase, por favor.


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