Pétalo carmesí, flor blanca
Pétalo carmesí, flor blanca Unos pasos más allá, en el prostíbulo de la señora Castaway, Sugar escribía. La pluma temblaba entre sus dedos, no por el frío, sino por la urgencia de plasmar en papel una furia que no podía permitirse mostrar. Cada palabra que caía en el diario era un grito contenido, un golpe invisible a una sociedad que la había condenado desde los trece años a vender algo más que su cuerpo: su libertad.
—Sugar, un cliente —dijo Betsy, asomándose apenas por la puerta. Su tono era seco, casi indiferente, pero la mirada le delataba: admiración mezclada con un toque de miedo. Sugar era diferente. Lo sabían todas las chicas.
Sugar suspiró, cerró el diario y se levantó. No necesitaba mirar al espejo para saber que su vestido estaba perfectamente ajustado, que su cabello caía en rizos impecables. Se había entrenado para que cada gesto fuera una obra de arte, una trampa para atrapar a los hombres que entraban buscando consuelo en su lecho.
En el salón, William Rackham vacilaba. Su aspecto era impecable: un abrigo de lana caro, el cabello cuidadosamente peinado. Pero sus ojos delataban algo roto, una mezcla de desesperación y deseo. Él no pertenecía a este lugar, y eso era precisamente lo que lo había traído aquí.