Historia de un pepe

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CAPÍTULO VIII

Semidiosa

Una tarde, sentados Gabriel y Rosalía junto al balcón de la casa de ésta, se repetían por la cienmilésima vez el juramento de amarse eternamente, y contaban los días, (que debían ser muy pocos ya), que faltaban para que se recibiese la ansiada respuesta del padre del apasionado joven. No dudando que sería favorable, porque siempre se cree lo que se desea, Gabriel trazaba a su amada con rasgos halagüeños el cuadro de su futura felicidad, cuando fue repentinamente interrumpida aquella conversación por el ruido de un coche, que se detuvo a la puerta de la casa.

Como el capitán Matamoros no recibía casi nunca visitas de las que se hacen conducir por pies ajenos, llamó la atención de Rosalía que se hubiese parado el coche frente a su puerta y salió a la ventana a ver lo que era aquello. Gabriel hizo lo mismo impulsado por un natural sentimiento de curiosidad.

En aquel momento abría la portezuela del carruaje un criado negro, vestido con una hermosa librea azul galoneada de plata, e inmediatamente bajó una mujer joven, vestida con tanta elegancia y de un aire tan distinguido, que Gabriel no pudo menos de admirarse al verla. Tras ella salió otra mujer de edad, que parecía una de aquellas antiguas criadas de las familias ricas a quienes se designaban con la denominación de hijas de casa.


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