Historia de un pepe
Historia de un pepe 
Un regalo del día de los Inocentes
La mujer sacudió el aldabón con toda la fuerza de que fue capaz y repitió otras dos veces los golpes, que resonaron en el interior de la casa. Los primeros que escucharon los aldabonazos fueron dos enormes perros que velaban en el corredor y cuyos aullidos penetrantes y prolongados, despertaron a la servidumbre y alborotaron a las muías del coche que dormitaban en la caballeriza. El gato favorito de la señora que dormía en la cocina, al amor del rescoldo, se enderezó, erizó los pelos del espinazo y comenzó a mayar en tono lastimero, completando el concierto desapacible que formaban los ladridos de los perros, las coces de las bestias sobre el empedrado y los gritos de dependientes y criados que se levantaron y acudieron al zaguán, preguntando quién llamaba y qué se le ofrecía.
El caso era grave. Los aldabonazos redoblaban y nadie respondía a las voces de la servidumbre.
