Historia de un pepe
Historia de un pepe 
La señora del velo negro
El muchacho puesto en atalaya sobre el caballete de la pared divisoria de las casas del escribano real don Ramón Martínez de Pedrera y del maestro de armas don Feliciano de Matamoros, no volvió a ver asomar durante dos días a la señora a quien debía hablar por encargo de su hermana. Las naranjas de la rama que tocaba con la pared estaban casi agotadas ya, y Antonio perdía la esperanza de ver a la enferma. Por último, al caer la tarde del tercer día, cuando se preparaba el mocito a abandonar el puesto, creyó distinguir una figura entre el ramaje de los árboles de la huerta. No se engañaba; era la misma mujer, alta y encorvada, a quien había visto cuatro días antes. Acercóse lentamente al punto donde estaba el muchacho, y pronto pudo advertir éste que la señora llevaba la cara cubierta con un tupido velo de tul negro.
Cuando estuvo ésta a distancia en que podía hablar a Antonio, le dijo:
—¿Qué haces allí?
—Estoy aguardándola a usted —contestó él.
—¿Y qué se te ofrece conmigo?
El rapaz, que no aguardaba esta pregunta, ni estaba preparado a contestarla, dijo:
