Historia de un pepe

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CAPÍTULO XXII

La señora del velo negro

El muchacho puesto en atalaya sobre el caballete de la pared divisoria de las casas del escribano real don Ramón Martínez de Pedrera y del maestro de armas don Feliciano de Matamoros, no volvió a ver asomar durante dos días a la señora a quien debía hablar por encargo de su hermana. Las naranjas de la rama que tocaba con la pared estaban casi agotadas ya, y Antonio perdía la esperanza de ver a la enferma. Por último, al caer la tarde del tercer día, cuando se preparaba el mocito a abandonar el puesto, creyó distinguir una figura entre el ramaje de los árboles de la huerta. No se engañaba; era la misma mujer, alta y encorvada, a quien había visto cuatro días antes. Acercóse lentamente al punto donde estaba el muchacho, y pronto pudo advertir éste que la señora llevaba la cara cubierta con un tupido velo de tul negro.

Cuando estuvo ésta a distancia en que podía hablar a Antonio, le dijo:

—¿Qué haces allí?

—Estoy aguardándola a usted —contestó él.

—¿Y qué se te ofrece conmigo?

El rapaz, que no aguardaba esta pregunta, ni estaba preparado a contestarla, dijo:


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