La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Doña Leonor estaba aparentemente restablecida de la grave enfermedad que le causaron las mentirosas revelaciones de la pérfida Agustina Córdova. Sin embargo, las personas de su familia no alcanzaban a comprender la causa de la profunda melancolía y del abatimiento cada día mayor de la desgraciada joven. Ella devoraba su dolor en el retiro y en la soledad, o se desahogaba en el seno de su fiel amiga Doña Juana. La hija del Adelantado, firme en su propósito de no tener explicación alguna con Portocarrero, evitaba cuidadosamente las pocas ocasiones que habría tenido de verlo y hablarle. Don Pedro, como ya hemos dicho, sufría las deplorables consecuencias del veneno que había infiltrado en sus venas la bebida que le suministró Peraza. Pálido y extenuado, atravesaba como una sombra las calles de la ciudad moviendo la compasión de cuantos lo encontraban. Su inteligencia parecía en general funcionar con regularidad, pero de cuando en cuando se llevaba la mano al cuello, y no encontrando el relicario, reía y lloraba al mismo tiempo, y pronunciaba algunas palabras inconexas. El desvío de doña Leonor, que no pasó desapercibido del desgraciado maníaco, acababa de torturar su corazón. Procuró ver a la joven; pero esta se negó de decir a Portocarrero que no quería ya desagradar a su padre; y que si bien jamás sería esposa de Francisco de la Cueva, no debía alimentar una inclinación que el Adelantado no aprobaba. Así se interponía el orgullo herido entre doña Leonor y don Pedro de Portocarrero, imposibilitando que se descubriese la intriga de la viuda y consumando poco a poco la desgracia de los dos amantes.