La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Pasaron quince días desde aquel en que Peraza había muerto, víctima del veneno que él mismo se administró en la cárcel, con el fin, a lo que parecía, de evitarse la ignominia del patíbulo. Una noche ya muy tarde doña Juana oraba fervorosamente en su habitación, pidiendo a Dios que en su infinita misericordia se apiadase del alma de aquel desventurado. Caían copiosos aguaceros y la tempestad descargaba sobre la población. Silbaba el viento con violencia y hacía estremecerse los cristales de la ventana del dormitorio de doña Juana. Los relámpagos se sucedían unos a otros con rapidez, iluminando momentáneamente la atmósfera, obscura como la boca de una tumba. La piadosa doncella redoblaba sus oraciones, arrodillada delante de una imagen de la Virgen, ante la cual ardía una lámpara, cuya luz alumbraba débilmente la estancia. Una fuerte ráfaga de viento, que abrió con violencia los cristales de la ventana, apagó la luz, al mismo tiempo que se oía el atronador estampido del rayo, cuya cárdena espiral iluminó instantáneamente la habitación. A su siniestro fulgor, doña Juana vio delante de sí, cerca de la puerta, en pie vestido de negro y medio embozado en una capa de paño blanco, al médico Juan de Peraza, que la contemplaba con una mirada triste, fija y penetrante. A la vista de aquella fantasma, doña Juana lanzó un grito y cayó desmayada. Una doncella que dormía en el cuarto inmediato, y que había despertado al ruido pavoroso del trueno, oyó el grito de su señora y se precipitó en la habitación, que encontró completamente obscura. Fue en el acto a buscar luz, y cuando entró con ella, encontró a doña Juana pálida y convulsa, tendida en el suelo, con los ojos abiertos desmesuradamente y fijos en el punto donde se le había aparecido el horroroso espectro.


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