Areopagitica

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Sus contemporáneos describieron a Milton como “el británico que mejor conoce el latín y sabe qué hacer con él”. En la actualidad lo reconocemos como uno de los mayores autores de la lengua inglesa. Además de caracterizarse porque después de sus versos dicha lengua ya nunca fue la misma, también lo hizo por su defensa de las libertades civiles y su resistencia a las verdades oficiales en que se destaca el “Discurso acerca de la libertad de impresión, sin licencias, al parlamento de Inglaterra”, expuesto en la obra que tenemos entre las manos.

Un hecho que ilustra la conducta, el coraje y las convicciones de Milton fue su respeto y admiración por Galileo Galilei, con quien convivió en Italia: “Allí encontré y visité al famoso Galileo, envejecido en la cárcel de la Inquisición, por pensar en astronomía de otra suerte que como licenciadores franciscanos y dominicos pensaban…”, escribió.

Areópago era la colina donde los jueces griegos juzgaban tanto ideas como a hombres y donde Protágoras fue sentenciado y sus libros condenados a la hoguera. Y todo porque el filósofo presocrático se atrevió a sostener que el hombre era la medida de todas las cosas y a confesar sus dudas sobre la existencia de los dioses. Poco más de 1000 años después, Milton evoca el Areópago para rebatir la orden parlamentaria del 14 de junio de 1643 que requería licencias para imprimir.


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