El paraíso perdido
El paraíso perdido Lo escribe para un público «apto, aunque escaso»[33]. Pero lo escribe y lo publica en territorio y periodo hostiles, por lo que cuando menos la apariencia de la obra ha de ser tal que no reanime los rencores y resquemores de sus enemigos que, por el momento, se han olvidado del viejo regicida ciego. Tanto si Paraíso perdido se compone, como quiere Edward Phillips, entre 1658 y 1663, como si ocurre algo más tarde, ésta es una obra de los años tenebrosos de la derrota de Milton y del fracaso de la utopía cromwelliana; pero en su inspiración, que antecede en mucho a la concreción del poema, ha de haber algo también del periodo entusiasta de la Revolución y la República.
Por todo ello, la lectura más ortodoxa de la obra, la que asume acríticamente que el dios miltónico es en la consciencia del autor y en la consciencia colectiva del cristiano una apta representación (no por imperfecta menos sincera) del dios de Occidente, la que acepta los sofismas de ese dios como el modo que tiene Milton de «vindicar la Providencia Eterna y los caminos del Señor justificar ante los hombres»[34], no puede ser de ningún modo el límite de nuestro horizonte interpretativo. Es, todo lo más, el antifaz de la obra; es la inocua pero tramposa superficie que ha hecho del poema una atractiva figuración del mito cristiano para la religiosidad popular y para la religión oficial de Estado de los pasados siglos.