El paraíso perdido
El paraíso perdido Tan a fondo, que lo que desea o dice
Me parece lo más sabio, virtuoso, más discreto, lo mejor.
Toda ciencia superior en su presencia cae
Degradada; la sabiduría en diálogo con ella
Pierde, trastornada, y se vuelve tontería;
La razón y autoridad la sirven,
Cual si fuese la primera, no creada luego,
Contingente; y por consumarlo todo
La grandeza de la mente y la nobleza su sitial
Erigen en primores de ella y la nimban
Con temor sagrado, cual guardián angélico».
A lo que el Ángel, con fruncido ceño:
«No acuses a Natura: ella ha hecho su trabajo;
Haz el tuyo tú y no desconfíes tanto
Del saber, que no te desampara, si tú
No lo abandonas cuando más lo necesitas cerca,
Ensalzando demasiado cosas que resultan
Menos excelentes, como tú percibes.
Pues ¿qué admiras, qué te arroba de este modo?
¿Cosa externa? Bella, no lo dudo, y muy digna
De tu afecto, tu homenaje y aun tu amor,
No tu sujeción: compárate con ella
Y calibra luego: a menudo nada vale más
Que la autoestima, bien llevada, bien fundada
En lo justo y recto. Cuanto más experto aquí,