El paraíso perdido
El paraíso perdido Tú los aceptaste, ¿has de disfrutar del bien, así,
Y luego cavilar las condiciones? Y aunque Dios
Te hizo sin permiso tuyo, ¿qué, si tu hijo
Se probase inmanejable y, reprobado, replicase:
“¿Por qué me concebiste? Yo no quise”;
Acaso aceptarías, del desdén mostrado,
Tan altiva excusa? A él, no obstante, no tu opción,
Sino la natural necesidad lo concibió.
Dios quiso hacerte suyo, quiso hacerte
Por sirviente suyo: tu retribución, su gracia;
Tu castigo, pues, legítimo depende de él.
Sea así, pues me someto, su sentencia es justa:
Polvo soy que al polvo volverá;
¡Bienvenida sea hora tal! ¿Por qué posterga
Perpetrar su mano lo que su decreto hoy
Ha establecido? ¿Por qué sobrevivir,
Por qué la muerte me rehuye, prolongándome
En dolor imperecible? Qué contento acogería
La mortalidad, condena mía, y sería tierra
Insensible, ¡qué contento yacería inmóvil
En el seno maternal! Ahí reposaría,
Con seguro sueño; ya no tronaría su tremenda voz
En mis oídos, miedo de mayores males
Para mí y mi descendencia no me afligiría