El paraíso perdido
El paraíso perdido De igual deseo, cosa que sería desventura
Y sufrimiento no menores que los ya temidos,
A fin, pues, de librarnos ellos y nosotros
De lo ingrato para todos, acabemos de una vez,
Busquemos Muerte, o de no hallarse, suplan
Nuestras manos sus oficios en nosotros.
¿Por qué seguir temblando bajo tales miedos,
Que no muestran otro fin que muerte, si podemos
—Entre muchos modos de morir, tomando el más directo—
Destruir con destrucción la Destrucción?».
Aquí acabó, o el vehemente desespero
Silenció el resto; tanta muerte sus ideas
Revolvieran que tiñeron sus mejillas de palor.
Mas en Adán consejo semejante no hizo mella:
Más clarividente, a mayores esperanzas
Él bregara por alzarse y a Eva así repuso:
«Eva, tu desprecio de la vida y el placer,
Indica, tal parece, en ti algo más sublime
Y excelente de lo que tu mente desaprueba;
Mas la propia destrucción, así buscada, contradice
La excelencia vista en ti, e implica,
No ya tu rechazo, sino tu pesar y angustia,
Por la pérdida de vida y placeres codiciados.
O, si ansias muerte y el completo fin